A través del silencio: mitos y realidades de la discapacidad auditiva

·No se trata solo de una barrera sensorial, sino de una barrera social construida por mitos, prejuicios y desconocimiento.

Por Miguel Ángel Millán*

* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad y asesor en tecnología adaptada.

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La conmemoración del 28 de noviembre, dedicada a sensibilizar sobre las personas sordas, nos invita a mirar un tema que suele pasarse por alto: la profunda incomprensión que enfrentan quienes viven con discapacidad auditiva. No se trata solo de una barrera sensorial, sino de una barrera social construida por mitos, prejuicios y desconocimiento.

En México, donde alrededor de 2.3 millones de personas viven con discapacidad auditiva —aproximadamente el 7.6% de la población—, es irónico que aún no se tomen en cuenta las necesidades de las personas sordas. Uno de los mitos más arraigados es creer que todas las personas sordas saben leer los labios. Esta idea no solo es falsa, sino peligrosa, porque genera expectativas injustas y coloca la responsabilidad de comunicarse únicamente en ellos. La lectura labial es limitada, requiere entrenamiento y apenas permite comprender una parte del mensaje; además, factores como la iluminación, la forma de hablar o incluso un cubrebocas la vuelven casi imposible.

Otro mito común es asumir que todas las personas sordas usan aparatos auditivos o implantes cocleares y que, con ellos, alcanzan una «escucha normal». La realidad es que no todas las personas pueden, quieren o necesitan estos dispositivos, y quienes sí los usan no recuperan la audición de manera completa. Los aparatos no son una cura mágica; son herramientas que amplifican ciertos sonidos, pero no resuelven las dificultades de comprensión del lenguaje o la discriminación que enfrentan.

También persiste la idea equivocada de que las personas sordas no pueden comunicarse de manera efectiva. Esta falsa creencia ignora que la Lengua de Señas Mexicana (LSM) es una lengua completa, rica y compleja, con su propia gramática y expresividad. El problema no es que la comunidad sorda no sepa comunicarse; el problema es que la mayoría de nosotros no hemos hecho el esfuerzo por aprender, ni siquiera lo básico, generando así una barrera entre ellos y nosotros.

Quizá uno de los prejuicios más recurrentes es pensar que las personas sordas viven aisladas o no disfrutan la vida social. Nada más alejado de la realidad. Muchas participan activamente en actividades comunitarias, son profesionales, artistas, deportistas y padres de familia. El aislamiento no viene de su condición, sino del entorno que no ofrece medidas de adaptación reales.

Para reducir esta incomprensión que tanto lastima, es necesario cambiar nuestra postura como sociedad. No basta con reconocer un día conmemorativo; debemos reflexionar sobre nuestras acciones diarias. La inclusión no se construye con discursos, sino con empatía práctica.

Podemos empezar por informarnos y eliminar mitos que perpetúan la discriminación. También es útil aprender algunas señas básicas en LSM, como «gracias», «hola» o «¿necesitas ayuda?». Estos pequeños gestos muestran disposición y respeto. Otra forma de contribuir es exigir accesibilidad en los espacios públicos, medios de comunicación y servicios; subtítulos confiables e intérpretes capacitados en las instituciones de gobierno.

La inclusión de las personas sordas no solo mejora su calidad de vida; enriquece a toda la sociedad. Cuando escuchamos más allá del silencio, descubrimos que la comunicación es un puente que todos podemos construir.

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