Cuando la ciencia ya no puede curar y solo queda el dolor, la ley y la sociedad deberían ofrecer comprensión y apoyo en lugar de críticas.
Por Miguel Ángel Millán*
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Elías era un joven como cualquier otro, con esa sensación de libertad que solo se tiene a los veinte años. En esa etapa, uno siente que tiene todo el tiempo del mundo para cumplir sus metas y que los problemas se resumen en aprobar un examen o decidir qué hacer el fin de semana. Tenía amigos, estudiaba con empeño y hacía planes para el futuro sin imaginar que todo cambiaría en un segundo.
Un viernes por la noche, Elías no tenía muchas ganas de salir; prefería quedarse en casa descansando. Sin embargo, un amigo insistió tanto que terminó convenciéndolo para ir a un bar. Se subió al coche con otros dos conocidos, pensando que sería una noche aburrida y que pronto estaría de vuelta en su cama. Mientras el vehículo avanzaba, Elías deseaba haberse quedado viendo una película, sin saber que ese trayecto marcaría un antes y un después definitivo en su vida.
El viaje se volvió peligroso muy rápido. El amigo que conducía, el mismo que lo había presionado para salir, iba a mucha velocidad y fumaba marihuana mientras manejaba. Elías se dio cuenta del riesgo y le pidió que fuera más despacio, pero sus palabras no sirvieron de nada. Lo último que recuerda es el ruido del coche perdiendo el control antes de volcar con violencia.
Al despertar, no sabía cuánto tiempo había pasado. Estaba atrapado en el vehículo, que se encontraba totalmente al revés, y solo escuchaba a lo lejos una voz que gritaba su nombre. Cuando llegaron los rescatistas y usaron herramientas para sacarlo de entre los fierros, Elías sintió el dolor más fuerte que alguien pueda imaginar en el cuello.
En ese momento, su mundo se detuvo. El diagnóstico médico fue claro: cuadraplejia. Esto significa que ya no podría mover su cuerpo del cuello para abajo, una noticia que cambió sus sueños por una realidad muy difícil de aceptar.
A partir de ese día, la vida de Elías se quedó encerrada en una habitación. Pasó de ser un chico activo que caminaba por donde quería, a depender totalmente de los demás para las cosas más sencillas, como comer, asearse o simplemente cambiar de posición.
Vivir así no es solo estar acostado en su cama; es enfrentar el cansancio de un cuerpo que no responde, las heridas en la piel por estar siempre inmóvil y la pérdida de la privacidad más básica. Es estar despierto y lúcido en una mente que funciona perfectamente, pero atrapado en un cuerpo que se ha convertido en una cárcel. Elías vive así las veinticuatro horas del día, todos los días del año, viendo pasar el tiempo desde su cuarto.
Ojalá esta historia fuera un invento, pero es la realidad de muchas personas, como Noelia en España, quien hace poco decidió pedir ayuda para morir tras sufrir por años una condición similar.
Solo las personas que pasan por este sufrimiento diario tienen el derecho real de decir qué significa vivir en esas condiciones. A veces, desde fuera y con buena salud, es muy fácil opinar y juzgar a quienes piden dejar de sufrir.
Muchas personas, por sus creencias religiosas o valores personales, piensan que la vida debe mantenerse a toda costa, sin importar el dolor. Otros tienen miedo de que permitir la muerte asistida abra una puerta peligrosa para la sociedad. Pero estos debates se ven muy distintos cuando es uno mismo quien no puede respirar bien, quien siente dolores que no se quitan con nada o quien ha perdido toda esperanza de mejorar.
Obligar a alguien a seguir viviendo en contra de su voluntad, cuando su día a día es una tortura, no es proteger la vida, sino prolongar un sufrimiento que ya no tiene sentido para esa persona.
Casos como los de Noelia y Elías nos obligan a pensar seriamente en lo que significa vivir con dignidad. La muerte asistida no debe verse como algo malo, sino como una opción para quienes ya no encuentran consuelo en la medicina. Es aceptar que cada persona debe ser dueña de su propia historia hasta el último momento.
Cuando la ciencia ya no puede curar y solo queda el dolor, la ley y la sociedad deberían ofrecer comprensión y apoyo en lugar de críticas. Poder decidir cuándo decir adiós es el último acto de libertad que nos queda como individuos. Nadie debería ser obligado a ser un testigo eterno de su propio dolor solo para que los demás se sientan tranquilos.
Ser humanos implica reconocer que, en ocasiones, el mayor acto de amor y respeto no consiste en prolongar la agonía, sino en permitir que la muerte sea el alivio final para quien ya ha librado todas sus batallas y merece, por fin, descansar en paz.
* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad y asesor en tecnología adaptada.