Mucho de lo que hoy consideramos comodidades cotidianas nació de una necesidad para las personas con discapacidad.
Por Miguel Ángel Millán*
* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad y asesor en tecnología adaptada.
——-
Cuando se habla de accesibilidad, muchas veces se piensa únicamente en rampas o señalizaciones, pero la realidad es que la accesibilidad universal ha cambiado radicalmente nuestra forma de vivir sin que lo notemos.
Mucho de lo que hoy consideramos comodidades cotidianas nació de una necesidad para las personas con discapacidad. Estos inventos no solo abrieron puertas a quienes enfrentaban barreras físicas o sensoriales, sino que terminaron mejorando la vida de todos. Ahí radica la verdadera esencia de la accesibilidad universal: lo que facilita la vida de una persona, termina facilitándola para todas.
Tomemos el ejemplo de los elevadores. Cuando comenzaron a instalarse en edificios a finales del siglo XIX, fueron vistos como una solución para quienes no podían subir escaleras, especialmente personas mayores o con movilidad reducida. Hoy, en una ciudad llena de rascacielos, son indispensables para cualquiera.
Algo parecido ocurrió con las puertas automáticas, instaladas inicialmente en hospitales para que las personas en silla de ruedas o con muletas pudieran entrar sin dificultad. Hoy resultan tan normales que ni siquiera pensamos en su origen cuando entramos a un supermercado.
Los subtítulos en televisión surgieron en los años setenta como una innovación para que las personas sordas pudieran disfrutar de programas y noticieros. Con el tiempo, se volvieron útiles para quienes aprendían un nuevo idioma, para quienes ven series en silencio en la noche o incluso para quienes no quieren perder detalle en medio del ruido de un avión.
Lo mismo pasó con los audiolibros, que nacieron como un recurso para las personas ciegas a través de grabaciones en cintas magnéticas. Hoy son un fenómeno cultural que acompaña a millones en el transporte público o durante una caminata.
El reconocimiento de voz también tuvo raíces en la accesibilidad. A finales del siglo XX se pensó como una forma de que las personas con movilidad reducida pudieran escribir o controlar dispositivos sin necesidad de usar las manos. Hoy, decir “Oye Siri” o “Ok Google” es tan cotidiano que lo usamos para poner música, enviar un mensaje o consultar el clima.
Incluso el corrector ortográfico y el texto predictivo, que fueron pensados para apoyar a quienes tenían dislexia o dificultades de escritura, se convirtieron en aliados indispensables de millones de usuarios de smartphones en todo el mundo.
Hasta el diseño urbano es un testimonio de la accesibilidad universal. Los bordes rebajados en las banquetas comenzaron como un logro de los movimientos por los derechos de las personas con discapacidad en Estados Unidos en los años setenta. Aquellos cortes en las aceras fueron pensados para sillas de ruedas, pero hoy son igual de prácticos para quien empuja una carriola, arrastra una maleta o pedalea una bicicleta.
Un detalle curioso es la función de vibración en los celulares. Al inicio, se implementó como una alternativa para las personas sordas, para que pudieran percibir las llamadas entrantes. Hoy todos dependemos de esa discreta vibración cuando tenemos el teléfono en silencio. Lo mismo pasa con los atajos de teclado y funciones de accesibilidad en computadoras, que nacieron como herramientas adaptadas y hoy aumentan la productividad de cualquiera.
Estas historias muestran algo fundamental: cuando diseñamos pensando en quienes enfrentan más barreras, el resultado suele ser beneficioso para todos.
Ese es el principio de la accesibilidad universal, una filosofía que no busca crear espacios separados, sino entornos que puedan ser disfrutados por todas las personas, sin importar sus capacidades. La accesibilidad no es un lujo ni un añadido, es el motor invisible que ha moldeado la comodidad de la vida moderna.
Quizá no lo pensamos cada vez que usamos un elevador, que activamos el asistente de voz de nuestro celular o que activamos los subtítulos en Netflix. Pero detrás de esas acciones cotidianas existe una historia de inclusión. Una historia que nos recuerda que cuando la sociedad se preocupa por eliminar barreras para unos, termina eliminándolas para todos.