Es una fecha que nos invita a celebrar el amor, pero que pocas veces nos deja espacio para pensar en cómo se vive ese amor cuando las condiciones no son iguales para los dos. Para muchas personas con discapacidad, este día puede ser un recordatorio agridulce.
Por Miguel Ángel Millán*
* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad y asesor en tecnología adaptada.
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Llega el 14 de febrero y, casi sin querer, nos vemos rodeados de una marea de corazones, ofertas de cenas románticas y fotos de parejas perfectas en redes sociales. Es una fecha que nos invita a celebrar el amor, pero que pocas veces nos deja espacio para pensar en cómo se vive ese amor cuando las condiciones no son iguales para los dos. Para muchas personas con discapacidad, este día puede ser un recordatorio agridulce. Y es que, detrás de la fachada de los cuidados y el cariño, a veces se esconden dinámicas donde uno manda y el otro, casi por obligación, tiene que obedecer.
Es un tema del que se habla poco porque nos han enseñado que quien cuida es un «ángel» y quien es cuidado debe estar eternamente agradecido, pero la realidad es que el amor de verdad no debería generar deudas ni silencios.
Esta situación se vuelve mucho más difícil cuando entran en juego cosas tan básicas como el dinero o el techo bajo el que dormimos. En un mundo que todavía pone muchísimas trabas para que las personas con discapacidad consigan un trabajo digno o una vivienda propia, la dependencia se vuelve un arma de doble filo.
Cuando no tienes un sustento propio y dependes de tu pareja para llegar a fin de mes o para tener un lugar donde vivir, la balanza se inclina de un solo lado. Lo que debería ser un proyecto compartido se convierte en una jerarquía donde el que tiene los recursos se siente con el derecho de tomar todas las decisiones, y el que no los tiene se ve forzado a aguantar malos tratos o desplantes por miedo a quedarse en la calle o sin los apoyos que necesita para su día a día.
Es muy importante que aprendamos a notar esas señales que nos dicen que algo no anda bien, aunque al principio parezcan detalles pequeños. Uno de los rasgos más claros de una relación de desventaja es el reproche constante. No es amor cuando alguien te saca en cara todo el tiempo el «sacrificio» que hace por estar contigo o por ayudarte con tus necesidades básicas.
Ese chantaje emocional, que a veces se disfraza de preocupación, busca que te sientas pequeño y que creas que nadie más podría quererte. Frases como «nadie te va a cuidar como yo» o «deberías darme las gracias por todo lo que hago» no son muestras de afecto, sino cadenas invisibles que buscan quitarte la seguridad en ti mismo y convencerte de que le debes tu vida a la otra persona.
Esa vulnerabilidad de no tener donde ir se usa muchas veces para que la persona con discapacidad se guarde sus quejas o sus deseos. Cuando el miedo a perder la casa o el apoyo técnico flota en el aire de cada discusión, ya no estamos hablando de una pareja, sino de una situación de sometimiento. Ninguna persona debería sentir que su derecho a ser respetada es un favor que su pareja le concede de vez en cuando.
Salir de este círculo es muy complicado, sobre todo porque la sociedad muchas veces aplaude a la pareja sin discapacidad como si fuera un héroe, sin ver lo que pasa puertas adentro. El primer paso para romper esto es entender que tu valor como persona no depende de cuánto «puedas hacer» físicamente o de cuánto dinero aportes, sino de tu dignidad humana, que es innegociable.
Para empezar a caminar hacia afuera de una relación que te hace daño, es vital no quedarte solo. A veces, estas parejas buscan aislarte de tu familia y amigos para que sientas que ellos son tu único mundo, pero es precisamente en los demás donde está la fuerza para salir. Buscar redes de apoyo, acercarse a asociaciones o simplemente confiar en alguien cercano es fundamental para ver que hay opciones más allá de esa casa.
Aunque parezca un camino cuesta arriba, recuperar la autonomía, aunque sea de a poco, es lo que te devuelve el control de tu propia vida. Salir de una relación de desventaja empieza con la idea clara de que la discapacidad no te hace menos merecedor de un amor que te deje respirar y ser libre.
Llegar a una relación más sana es posible, pero requiere que ambos entiendan que quererse es un trato entre iguales. Una pareja saludable es la que se sienta a negociar cómo se van a apoyar mutuamente, respetando siempre los espacios y los deseos del otro. La clave está en la horizontalidad: que los dos tengan voz en lo que pasa con el dinero, en los planes a futuro y en el día a día del hogar, sin que la condición de uno sea una excusa para anular su voluntad.
Este 14 de febrero, el mejor regalo que podemos hacernos es revisar cómo nos estamos vinculando. El amor real no es el que te rescata ni el que te hace sentir en deuda; es el que te acompaña a ser la mejor versión de ti mismo, caminando a la par, sin jerarquías y, sobre todo, en total libertad.