Una vida financiera sana es posible cuando el usuario es responsable y cuando la tecnología no le pone zancadillas en el camino.
Por Miguel Ángel Millán*
* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad visual y asesor en tecnología adaptada.
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En el mundo actual, el teléfono móvil se ha vuelto una extensión de nuestra capacidad para interactuar con el entorno. Para la mayoría, entrar a una aplicación bancaria es un gesto mecánico de pocos segundos, pero para quienes navegamos el mundo digital a través de lectores de pantalla como VoiceOver o TalkBack, ese mismo gesto puede ser el inicio de una ruta de autonomía o de un camino lleno de frustraciones. Si un botón no tiene una etiqueta clara o si una función exige un gesto táctil imposible de realizar a ciegas, el usuario queda automáticamente excluido de un sistema que presume de ser moderno, viéndose obligado a depender de terceros y, por lo tanto, a comprometer su privacidad financiera.
Al analizar cómo se comportan los principales bancos en México bajo este lente de accesibilidad, Citibanamex aparece como una de las opciones más sólidas y amigables. Su aplicación móvil destaca por un diseño que parece entender que no todos los ojos ven igual, pero que todos los usuarios necesitan los mismos resultados. La mayoría de sus elementos están correctamente etiquetados, lo que permite que el software de voz identifique sin errores cada sección, desde las cuentas de ahorro hasta las promociones vigentes. Realizar transferencias o pagar servicios como la luz se siente como un proceso seguro y natural.
Un detalle técnico que merece reconocimiento es la implementación del CVV digital, que son las siglas del Código de Valor de Verificación. Estos son los números de seguridad que suelen estar en el reverso de la tarjeta física, pero que aquí se generan de forma dinámica. Esto permite comprar en línea con la tranquilidad de que los datos cambian constantemente, evitando fraudes. Además, la posibilidad de «apagar» las tarjetas momentáneamente es una función que da mucha paz mental, especialmente cuando el extravío de un objeto es una preocupación recurrente en el día a día.
Sin embargo, no todas las experiencias son tan fluidas. Scotiabank, por ejemplo, ofrece una plataforma completa pero con detalles de usabilidad que resultan agotadores en la práctica diaria. Uno de los puntos más molestos es la gestión del tiempo; la sesión expira tan rápido que el usuario se ve interrumpido constantemente por avisos de confirmación para no ser desconectado.
Pero el verdadero obstáculo técnico es el gesto de confirmación para las transferencias. La aplicación solicita deslizar un dedo de abajo hacia arriba en un punto sumamente específico de la pantalla. Para alguien que no cuenta con referencias visuales, dar con ese lugar exacto en el cristal del teléfono se convierte en una labor de adivinación que rompe totalmente con la agilidad que debería ofrecer la banca móvil. Es un recordatorio de que un diseño que se ve elegante no siempre es funcional para todos.
El caso de Banorte pone sobre la mesa otro tema delicado: la vulnerabilidad de la privacidad del cuentahabiente. Aunque su interfaz básica es aceptable, el problema surge con las ventanas emergentes de publicidad. Es muy común que el lector de pantalla no detecte el botón para cerrar estos anuncios, dejando al usuario atrapado en una pantalla que no solicitó. En esos momentos, la única salida suele ser pedir ayuda a alguien más para que simplemente «busque la equis» y cierre el aviso. Este simple acto atenta contra la confidencialidad de las finanzas personales; nadie debería verse obligado a mostrar su saldo o sus movimientos a otra persona solo porque una ventana de publicidad bloqueó la navegación del software de voz.
Esta falta de visión integral se nota todavía más en la aplicación del Banco del Bienestar. Si bien cumple con la función de informar sobre depósitos de apoyos gubernamentales, la plataforma es excesivamente básica. Al no permitir pagar servicios, hacer transferencias o cambiar el NIP, reduce a sus usuarios a ser meros receptores de dinero, sin darles las herramientas para una integración financiera real.
Ser parte de la banca formal debería significar tener acceso a un abanico de posibilidades, como créditos para emergencias o planes a futuro para una vivienda o un coche. Cuando la tecnología limita estas opciones, la inclusión se queda solo en el papel.
Para cerrar, es vital entender que el acceso a estas herramientas bancarias debe ir de la mano con una responsabilidad personal muy clara. Un crédito no es dinero extra ni un regalo, sino una herramienta que debe usarse con inteligencia, gastando solo aquello que se puede pagar de vuelta.
Una vida financiera sana es posible cuando el usuario es responsable y cuando la tecnología no le pone zancadillas en el camino. Las instituciones financieras tienen la tarea pendiente de asegurar que sus aplicaciones sean puentes y no muros, garantizando que la autonomía de sus clientes no dependa de su capacidad visual, sino de la eficiencia de sus servicios digitales.