Cómo ser incluyente en Navidad, sin cagarla en el intento

Si este año te toca convivir con una persona con discapacidad y no tienes mucha experiencia, tranquilo: no necesitas un diplomado, solo sentido común y un poco de humanidad.

Por Miguel Ángel Millán*

* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad y asesor en tecnología adaptada.

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La Navidad tiene esa extraña habilidad de convertir a personas normales en expertos improvisados en todo: cocina, política, religión y, por alguna razón, discapacidad. Basta con que llegue la cena familiar para que aparezcan frases bien intencionadas pero incómodas, miradas curiosas y silencios raros que nadie sabe cómo manejar. 

Si este año te toca convivir con una persona con discapacidad y no tienes mucha experiencia, tranquilo: no necesitas un diplomado, solo sentido común y un poco de humanidad.

Lo primero es entender que la persona con discapacidad no es el “tema de la noche”. No llegó a la cena para dar una charla motivacional ni para responder preguntas tipo “¿y cómo le haces para…?”. Es una persona que quiere comer, reírse, aburrirse y criticar el recalentado como cualquier otro ser humano. Si tienes dudas, pregunta, pero hazlo con naturalidad y respeto, no como interrogatorio de Ministerio Público. Y si no es buen momento, respeta el silencio. A veces está de más preguntar lo evidente.

Evita el clásico impulso de ayudar sin preguntar. No todas las ayudas ayudan. Empujar una silla de ruedas sin aviso, gritarle a alguien con discapacidad auditiva o hablarle a un adulto con discapacidad como si fuera niño no te convierte en buena persona, solo en alguien molesto. La regla es simple: pregunta “¿te ayudo?” y acepta el “no” sin drama. No es rechazo, es autonomía, y también se respeta.

Piensa antes de hablar, no porque vayas a resolver una fórmula matemática, sino porque puedes resultar imprudente. Frases como “pobrecito”, “Dios sabe por qué hace las cosas” o “eres un ejemplo de vida” pueden parecer halagos, pero suelen cansar más que el tío borracho de la fiesta. 

No necesitas adornar la conversación con lástima ni espiritualizar todo. Habla normal, bromea con confianza y equivócate sin miedo. La naturalidad también se agradece.

No está de más ponerse en los zapatos del invitado. Revisa si el espacio permite moverse con libertad, si hay macetas innecesarias, muebles estorbando el paso o baños inaccesibles. No se trata de remodelar la casa en Nochebuena, pero sí que todos los presentes puedan sentirse cómodos. Pequeños ajustes hacen una gran diferencia y, de paso, te conviertes en el mejor anfitrión del mundo.

Con los niños, la honestidad es clave. Si preguntan, responde sin miedo ni dramatismo. La discapacidad no es un secreto oscuro que deba susurrarse. Explicar con sencillez ayuda a normalizar y evita miradas incómodas. A veces los niños entienden mejor que los grandes, solo no los confundas con discursos raros.

Y quizá lo más importante: no pretendas que la persona con discapacidad no existe, ni uses palabras rebuscadas como capacidades especiales o diferentes; mucho menos uses su discapacidad en diminutivo. Palabras como cieguito, mudito, cojito o malito, son expresiones que a las personas con discapacidad nos cae como caca de pájaro. Al final recuerda que todos somos personas y merecemos ser tratadas con respeto.

Ser incluyente en Navidad no es hacer un espectáculo ni caminar con miedo a equivocarte. Es convivir desde el respeto, sin exagerar, sin lástima. Si preguntas con honestidad, escuchas con atención, dejarás de verla sólo como alguien con discapacidad, para conocer realmente a la persona.

¡Felices fiestas con inclusión!

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