El arte de apoyar: Cómo ser un aliado sin caer en el protagonismo

Por Miguel Ángel Millán*

* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad y asesor en tecnología adaptada.0

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Tener ganas de ayudar es algo muy valioso. Es ese impulso natural que nos mueve cuando vemos a alguien enfrentando un reto y queremos echarle una mano para que las cosas sean más fáciles. Sin embargo, cuando hablamos de interactuar con personas con discapacidad, ese deseo de ayudar a veces puede caer en la imprudencia. Sin darnos cuenta, podemos caer en una actitud de «héroes» o «protectores» que, aunque nazca del cariño, termina por ignorar que la otra persona es perfectamente capaz de decidir por sí misma.

El primer paso para ser un buen puente es aprender a observar y, sobre todo, a preguntar antes de actuar. A veces vemos a alguien en una silla de ruedas frente a una rampa o a una persona con un bastón blanco en la esquina, y nos lanzamos a empujar o a tirar del brazo sin decir ni una palabra. Aunque lo hagamos con la mejor intención del mundo, para la otra persona esto puede sentirse como una invasión. Hay que recordar que una silla de ruedas o un bastón no son solo objetos; son extensiones del cuerpo de esa persona y forman parte de su espacio personal.

Por eso, la regla de oro es la comunicación directa y honesta. Un simple «¿necesitas que te eche una mano?» Con esa pequeña pregunta, le estamos devolviendo el control de la situación a la persona. Es entender que nuestra ayuda solo es útil cuando es bienvenida y solicitada, no cuando se impone por una idea equivocada de lo que el otro puede o no puede necesitar.

Otro punto clave es aprender a aceptar un «no» con total naturalidad. Muchas veces, cuando ofrecemos ayuda y nos dicen que no hace falta, nos sentimos un poco heridos o pensamos que la persona es malagradecida. Pero la realidad es muy distinta. Para alguien con discapacidad, lograr hacer las cosas por su cuenta, aunque le tome un poco más de tiempo o de esfuerzo, es una victoria diaria por su independencia. Como aliados, nuestro trabajo es respetar ese espacio y ese ritmo.

Este respeto también tiene que trasladarse a la forma en que nos comportamos en sociedad. Es muy común ver que, en una reunión, la gente tiende a hablar por la persona con discapacidad. Si estamos en un restaurante, el camarero a veces le pregunta al acompañante qué va a comer la persona en silla de ruedas, como si esta no estuviera presente o no pudiera hablar. Ser un aliado significa romper ese círculo. Significa que, si vemos que alguien está ignorando a una persona con discapacidad, nosotros debemos redirigir la conversación hacia ella.

Ceder el paso y el micrófono es fundamental. A menudo se pretende actuar como portavoz de las «causas justas» y se termina contando historias ajenas como si fueran propias. Un aliado de verdad sabe cuándo hacerse a un lado. No es necesario explicar cómo se siente vivir con una discapacidad cuando no se experimenta esa realidad; lo que se requiere es preguntar qué se necesita y ayudar a que el resto del mundo escuche esas respuestas.

Para que este cambio sea real, tenemos que sacudirnos de encima la mirada de lástima. Cuando vemos a la discapacidad como una tragedia, dejamos de ver a la persona y empezamos a ver solo una limitación. La realidad es que la discapacidad es solo una característica más de la diversidad humana, como el color de piel o la estatura. Cuando empezamos a ver a las personas como iguales, con sus mismos derechos a equivocarse, a esforzarse y a triunfar, la ayuda deja de ser un acto de caridad y se convierte en un acto de justicia y compañerismo.

Finalmente, ser un aliado es un camino que se recorre con humildad. Todos vamos a cometer errores, vamos a decir algo que no debíamos o vamos a actuar de forma torpe alguna vez. Lo importante es no tener miedo a preguntar y estar dispuestos a aprender de quien tenemos al lado. No hace falta ser un experto en leyes o medicina para tratar a alguien con dignidad. Solo hace falta sentido común, respeto por la autonomía ajena y la capacidad de entender que todos, con o sin discapacidad, queremos ser dueños de nuestras propias decisiones.

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