Se trata de una forma de autocuidado muy sencilla y accesible, que no requiere gastar dinero, sino simplemente darnos permiso para descansar de verdad.
Por Miguel Ángel Millán*
* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad y asesor en tecnología adaptada.
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Seguro que alguna vez has sentido un cosquilleo súper agradable que empieza en la nuca y baja por tu espalda como una caricia eléctrica. Suele pasar al escuchar pasar las páginas de un libro, ver a alguien trabajar con mucha paciencia o cuando alguien te habla bajito al oído. Durante mucho tiempo pensamos que era una manía rara, hasta que descubrimos que se llama ASMR.
Estas siglas significan en inglés Autonomous Sensory Meridian Response, que traducimos como Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma. Aunque el nombre suene a estudio científico, entender el ASMR es sencillo si nos centramos en lo que sentimos. No es una moda sin sentido, sino nuestra respuesta biológica a estímulos que nos hacen sentir seguros y cuidados. Para mí no es más que un abrazo para el cerebro; una forma de apagar el ruido del mundo y regalarnos un momento de paz en nuestra rutina.
Lo que más me maravilla es lo inmenso y generoso que es este mundo, porque hay un estilo para cada uno de nosotros. Mientras a alguien le relaja el rítmico golpeteo sobre madera, a otro le encanta el sonido de un cepillo recorriendo el cabello. Esa enorme diversidad lo convierte en una herramienta especial: siempre hay un nuevo refugio en el que esconderse del estrés diario que a veces nos sobrepasa.
Dentro de todas estas opciones, mi estilo favorito es el «soft spoken» o de habla suave. No es un susurro forzado, sino una voz natural y tranquila que parece contarte una historia solo a ti. La magia de verdad ocurre cuando esa voz se mezcla con la creatividad; me quedo hipnotizado escuchando cómo alguien pinta sobre un papel grueso. El sonido del plumón deslizándose es casi táctil; puedo sentir la textura a través de los audífonos, creando una conexión tan fuerte que el estrés desaparece en un segundo.
Esa misma fascinación por los sonidos delicados me lleva a buscar el uso de líquidos, como preparación de un café o presentaciones de fragancias. El vertido lento de mi bebida favorita o el atomizado de un aroma exquisito, crea una atmósfera de estímulo mental difícil de explicar.
Para mí, estos sonidos funcionan como un interruptor de emergencia. En el momento en que me pongo los auriculares, el mundo exterior desaparece. Dejo de pensar en los asuntos pendientes para centrarme solo en ese pequeño detalle. Es una forma preciosa de obligarnos a estar presentes en el aquí y el ahora.
Además de ser un placer, esto tiene beneficios reales para nuestra salud. He comprobado cómo el ASMR ayuda a combatir las noches de insomnio, permitiendo que el cuerpo se relaje de manera profunda y natural. También es un aliado fantástico para concentrarse; unos minutos de sonidos suaves pueden resetear tu mente y devolverte la claridad perdida entre tanto ruido. Se trata de una forma de autocuidado muy sencilla y accesible, que no requiere gastar dinero, sino simplemente darnos permiso para descansar de verdad.
Al final, el éxito del ASMR es que nos recuerda nuestra parte más humana en un mundo que a veces parece mecánico. Nos devuelve el gusto por las cosas pequeñas, por el ritmo lento de lo hecho a mano y por la calidez de una voz que nos acompaña sin pedir nada a cambio.
No importa si te relaja el crujir de las hojas o el agua moviéndose; lo importante es que te permitas explorar este bienestar. Te invito a buscar tus propios disparadores de calma, ponerte los audífonos y dejar que ese cosquilleo te recuerde que siempre hay un espacio esperando para que puedas respirar y recuperar la tranquilidad que te merece