Cuando en junio de 2018 decidí ir por Ruger a Estados Unidos, nunca me imaginé que sería el primer usuario de un perro guía en Acapulco y que, con ello, me enfrentaría a una infinidad de obstáculos para transitar libremente por mi propia ciudad
Por Miguel Ángel Millán*
————-
¿Qué ha significado para mí haber sido el primer usuario de un perro guía en Acapulco? Después de ocho años, la respuesta es una combinación de sentimientos encontrados. Por un lado, ha sido una aventura que me ha regalado experiencias maravillosas; pero por otro, también ha sido un constante nadar contracorriente que ha terminado por agotarme.
Cuando en junio de 2018 decidí ir por Ruger a Estados Unidos nunca me imaginé que sería el primer usuario de un perro guía en Acapulco y que, con ello, me enfrentaría a una infinidad de obstáculos para transitar libremente por mi propia ciudad. Desde la imposibilidad de abordar el transporte público hasta el impedimento para entrar a lugares de consumo y servicios.
Ya perdí la cuenta de cuántas veces detuvimos un taxi, colectivo o particular, solo para que nos negara el servicio o, en el mejor de los casos, pretendiera cobrarnos el doble. O cuántas veces intentamos subir a un camión urbano y nos cerraron la puerta en la nariz o, una vez arriba, nos exigieron que nos bajáramos.
El único servicio de transporte público que brindaba —a medias— un entorno de accesibilidad era el sistema Acabús. En sus inicios, en las estaciones de la ruta principal, se anunciaban las paradas a través de bocinas dentro de las unidades; sin embargo, estas fueron fallando con el tiempo sin que nadie las reparara.
Además, la cantidad de unidades de mayor cupo disminuyó por averías, provocando una saturación de pasajeros que nos impedía acceder de forma adecuada. Por si fuera poco el pésimo servicio y la escasez de unidades, se sumaba el trato de los guardias de seguridad: para permitirnos el paso, tenían que llamar a la central y pedir autorización. Esto no ocurrió una sola vez, sino cada vez que rotaban de personal en las estaciones.
¿Y qué decir de los centros comerciales? En casi todos tuve que explicar al guardia de la entrada qué es un perro guía, ya que, al no tener capacitación, siempre lo confundían con una mascota. En muchos restaurantes nos impidieron el acceso y, si acaso nos dejaban entrar, nos enviaban a un lugar apartado, supuestamente “para no incomodar a los comensales”, cuando irónicamente eran los mismos clientes quienes se acercaban con gusto a acariciarlo.
En muchas de esas ocasiones en las que sufrimos actos de discriminación, tuve la fortuna de contar con la compañía de mi pareja para grabar un video y evidenciar la situación. Pero aunque se generaban muchas vistas, «likes» y compartidas, nunca hubo una sanción por parte de las autoridades hacia los comercios o servicios públicos. Todo se quedaba únicamente en la indignación de las redes sociales.
Otra circunstancia que me ha impedido aprovechar plenamente el apoyo de mi perro guía son las pésimas condiciones de las calles. Las banquetas son tan reducidas que apenas cabe un peatón; otras están rotas, ocupadas por comerciantes ambulantes u obstruidas por postes, toldos, árboles e incluso vehículos estacionados. En algunos puntos, ni siquiera hay banquetas. Caminar por la ciudad es como atravesar un campo minado por la cantidad de basura y excrementos de perros callejeros que, a la mínima provocación, nos han atacado sin que nadie se haga responsable.
Asistir a una oficina pública o privada, ir a una cita médica o acudir a instituciones educativas se vuelve un reto imposible bajo estas condiciones, sin contar que en muchos de estos lugares se nos impide el paso desde la entrada. Todo esto me genera un sentimiento de profunda impotencia: sé que Ruger, además de ser un perro maravilloso, es un gran apoyo para mi desplazamiento y autonomía, si tan solo mi ciudad y la sociedad me lo permitieran.
Durante estos años he tratado de generar conciencia en redes sociales, escuelas e instituciones; pero lo cierto es que la accesibilidad e inclusión de las personas con discapacidad no es un tema prioritario en la agenda pública. No parece interesarle al grueso de la población porque no viven de cerca nuestra realidad. Y con un gobierno que se limita a otorgar una ayuda económica bimestral que apenas cubre unos pocos gastos, no se vislumbra un mejor panorama en el horizonte.
Pese a todo lo que ha significado esta odisea, las experiencias positivas que me ha dejado la compañía de Ruger no las cambiaría por nada. Desde la oportunidad de viajar por primera vez solo a Estados Unidos y conocer personas grandiosas, hasta encontrar al amor de mi vida; nada de esto hubiera ocurrido si este hermoso amigo de cuatro patas no hubiera llegado a mi camino.
Es por eso que este 29 de abril, Día Internacional del Perro Guía, le dedico este artículo a quien ha sido mi compañero incondicional. Estoy agradecido por todo el aprendizaje, aunque soy consciente de que no vivo en el entorno que me permita disfrutar plenamente de su apoyo. Además, los años también han pasado por él: su capacidad física ha disminuido tras algunas enfermedades y ya no se encuentra en condiciones de ser mis ojos en esta ciudad tan indiferente.
Ruger es, en definitiva, mi primer y único perro guía. Nadie podrá ocupar su lugar porque, gracias a él, mi vida tuvo mucho más que un animal de servicio; él fue la luz que iluminó mi mundo.
* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad y asesor en tecnología adaptada.

También puedes leer: