Un instructor que está presente puede corregir la posición de nuestros dedos o darnos esa pizca de confianza cuando intentamos usar una aplicación por primera vez
Por Miguel Ángel Millán*
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Para quienes buscamos abrirnos paso en el mundo a través del conocimiento, el primer contacto con lo que vamos a aprender marca nuestro camino para siempre. En el caso de quienes vivimos con una discapacidad visual, ese primer paso tiene una textura muy especial: la del sistema Braille. Desde siempre, para una persona ciega, aprender a leer y escribir con sus manos ha sido una tarea que requiere presencia y cercanía. Esto es algo que no se puede negociar, especialmente cuando hablamos de niños que nacieron sin ver o que perdieron la vista siendo muy pequeños.
En esos primeros años, no existe en la mente una idea de cómo son las letras o cómo se forman las palabras en un papel. No es solo mover los dedos sobre puntos; es dejar que un maestro tome nuestras manos, nos enseñe el espacio y nos ayude a entender cómo esos puntos se convierten en ideas. Sin ese contacto físico y humano, la magia de leer sería algo casi imposible de imaginar.
Esta misma lógica es la que debemos aplicar hoy en día cuando hablamos de tecnología. Para alguien que no ve, enfrentarse por primera vez a un teléfono inteligente o a una computadora puede ser un momento de mucha confusión. Imaginen por un segundo encontrarse frente a un aparato lleno de botones, menús y opciones que no se parecen a nada que conozcan. El reto no es solo tocar el equipo, sino entender esa nueva forma de hablar con la máquina a través de una voz que nos va contando lo que pasa.
Aquí es donde la enseñanza en persona se vuelve algo sagrado e irreemplazable. Este primer encuentro con la tecnología no es algo que se pueda aprender viendo un video o escuchando un curso grabado. Necesitamos que alguien esté ahí con nosotros, que nos ayude a reconocer el equipo con el tacto, a sentir dónde están los conectores, cuál es la distribución del teclado y cómo movernos con seguridad.
Hoy en día, nuestros teléfonos se manejan con gestos que requieren mucha precisión. Las manos son nuestra principal herramienta: un deslizamiento hacia la derecha, un doble toque suave o el uso de varios dedos al mismo tiempo son movimientos que se sienten y se perfeccionan con la práctica guiada. Un instructor que está presente puede corregir la posición de nuestros dedos o darnos esa pizca de confianza cuando intentamos usar una aplicación por primera vez. Eso es algo que una cámara web simplemente no puede transmitir.
Es cierto que, una vez que ya sabemos movernos y tenemos confianza con nuestros equipos, las clases en línea son una maravilla y nos ayudan a seguir creciendo. Pero querer empezar desde cero por internet es un error que puede frustrar a mucha gente.
Últimamente se ha puesto de moda ofrecer cursos virtuales para todo el mundo, pensando que así se ayuda a más personas. Incluso hay agrupaciones sociales dedicadas a la formación de personas con discapacidad visual que invitan de forma masiva a estudiantes a tomar cursos intensivos por videollamada.
El problema es que al hacer esto se olvida que cada persona es un mundo. Cada uno de nosotros aprende a su propio ritmo y necesita una atención que sea solo para él.
Además, hay un detalle técnico que hace que las clases grupales sean muy complicadas para nosotros: el sonido de los lectores de pantalla. Cuando hay muchas personas presentes y todos tienen su programa de voz hablando al mismo tiempo, se crea un ruido constante que marea a cualquiera. El estudiante se confunde y el profesor no puede saber si el alumno realmente está entendiendo o si está perdido entre tantas voces.
Por eso, en mi labor personal, siempre he creído que la mejor forma de ayudar es atendiendo a cada alumno de forma individual. Cada persona que he tenido la suerte de acompañar merece un espacio tranquilo, donde sus manos sean guiadas con paciencia. Solo si empezamos con una base presencial fuerte y humana, podremos lograr que la tecnología sea esa aliada en un mundo que nos obliga a estar más interconectados y ser más capaces que nunca.
* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad y asesor en tecnología adaptada.