Hace un tiempo se instalaron semáforos con sonido en varios cruces de la Costera Miguel Alemán. La idea era fantástica y nos dio mucha esperanza, pero la realidad nos dio un golpe duro. Los semáforos se colocaron, pero nadie nos explicó cómo usarlos.
Por Miguel Ángel Millán*
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Caminar por Acapulco es sentir el calor de su gente, escuchar el sonido constante del mar y respirar ese aire tropical que tanto nos gusta. Pero también es enfrentarse al ruido ensordecedor de los camiones, los cláxones de los taxis y el ritmo acelerado de las avenidas. Para la mayoría, cruzar la Costera es algo tan normal que ni lo piensan; solo miran a los lados, ven el semáforo y avanzan. Sin embargo, para una persona que no puede ver, ese simple acto se convierte en una pesadilla.
Imagina por un momento estar parado en la orilla de la banqueta, sintiendo el viento de los coches que pasan rozándote. Tu único guía es el oído, pero el ruido a tu alrededor es tan fuerte que no logras distinguir si los autos realmente se detuvieron o si van a acelerar. El corazón te late a mil por hora, la respiración se te corta y el miedo te paraliza porque sabes que dar un paso en falso puede costarte la vida.
En esos momentos de absoluta vulnerabilidad es cuando la modernidad debería auxiliarnos. El problema es que muchas veces la inclusión no está contemplada en el diseño de nuestras calles; y si existe la mínima adaptación, solo queda esperar a ver si realmente está funcionando o si no está obstruida.
Hace un tiempo se instalaron semáforos con sonido en varios cruces de la Costera Miguel Alemán. La idea era fantástica y nos dio mucha esperanza, pero la realidad nos dio un golpe duro. Los semáforos se colocaron, pero nadie nos explicó cómo usarlos. El ayuntamiento nunca capacitó a las personas con discapacidad visual para entender sus tonos, ni tampoco educó a los automovilistas para que respetaran ese tiempo de cruce. Para colmo de males, hoy en día muchos de estos semáforos suenan a destiempo, convirtiéndose en una trampa mortal en lugar de una ayuda segura.
Esto no pasa solo con los semáforos. En las paradas de Acabús se habían colocado guías podotáctiles, que son esas baldosas amarillas con líneas y botones que sirven para que las personas ciegas sientan el camino con sus bastones o pies. ¿Pero de qué sirven si los autobuses se estacionan separados de la plataforma?
Lo mismo ocurre con las rampas en las esquinas. Muchas veces los automovilistas las obstruyen con sus vehículos sin ponerse a pensar que de esa rampa depende que una persona en silla de ruedas pueda circular libremente.
La falta de empatía nace también de la falta de conocimiento. Si no socializamos estas herramientas, si no le explicamos a la comunidad para qué sirven y por qué son indispensables, se quedan como simples adornos urbanos sin utilidad real.
Lograr una ciudad accesible no es un asunto que se resuelva firmando un contrato de obra pública o saliendo en la foto cortando un listón de inauguración. Requiere un esfuerzo constante de educación ciudadana. Socializar la accesibilidad significa hacer campañas vecinales, dar pláticas en las escuelas y explicar a través de los medios que estos espacios salvan vidas.
Un semáforo que pita o una rampa bien hecha solo funcionan si detrás de ellos hay una comunidad consciente que los respeta y los cuida. Poder salir a la calle con la seguridad de regresar a casa sano y salvo no debería ser un lujo para unos cuantos, sino un derecho básico para todos.
* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad y asesor en tecnología adaptada.