La discapacidad, un factor de riesgo para padecer depresión: «Es necesario el apoyo de las instituciones y del sistema de salud»

*Existe una mayor prevalencia de depresión en personas con discapacidad que en el resto de la población.

*«Puede producirse una ruptura de las creencias básicas sobre uno mismo, el mundo y el futuro».

Nota: 20Minutos

Más de dos millones de españoles tienen depresión. Esto supone un 5,4% de la población, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Pero esta realidad es más alarmante si cabe si nos acercamos a las personas con discapacidad, más vulnerables que el resto a padecer este trastorno psicológico. «La discapacidad representa un importante factor de riesgo en la depresión, habiendo una mayor prevalencia de este trastorno psicológico en personas con discapacidad que en la población general», afirma David Lozano, psicólogo de la Fundación Madrid contra la Esclerosis Múltiple.

Este viernes, 13 de enero, se celebró el Día Mundial de Lucha contra la Depresión, un trastorno psicológico que puede aparecer como consecuencia de la discapacidad, pero también puede ser causa de ella, ya que puede invalidar a la persona tanto para desarrollar las actividades básicas de la vida diaria como para cuidar de sí misma. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), este trastorno psicológico es la principal causa mundial de discapacidad. «La depresión en sí misma es una forma de discapacidad más», asegura Lozano.

Ruptura de las creencias e ideas destructivas

Las personas con discapacidad pueden desarrollar cuadros depresivos durante cualquier etapa de su vida. Sin embargo, existen momentos vitales que pueden hacerles más vulnerables a padecerla. Uno de ellos es la llegada del diagnóstico, en casos de discapacidad adquirida: «En la mayoría de las ocasiones, se produce una ruptura de las creencias básicas sobre uno mismo, el mundo y el futuro. ‘El mundo no es un lugar seguro’, ‘Valgo menos que los demás’, ‘No podré conseguir realizar mis proyectos’, son ejemplos de esas estructuras que pueden arraigarse en nuestro sistema cognitivo y abrir la puerta de la depresión. Son ideas que también pueden configurarse desde la infancia, cuando uno nace con una discapacidad».

Otro momento vital de especial vulnerabilidad es, precisamente, la niñez: «En la infancia será crucial contar con un vínculo seguro hacia las figuras de apego, ya que la supervivencia depende del cuidado que aportan al niño. La discapacidad que pudiera haber surgido en este momento vital tan sensible compromete su supervivencia».

No todas las personas con discapacidad desarrollan una depresión. Dependerá, sobre todo, de la interacción que exista entre sus habilidades personales y los estresores. «Si la persona tiene una actitud de aceptación, habilidades de afrontamiento, apoyo de sus familiares y amigos o seguridad económica, le será más fácil estar prevenido ante estos problemas», explica el psicólogo.

Por otro lado, a la discapacidad, se suman otros factores que pueden precipitar el desarrollo de síntomas depresivos, como pueden ser «traumas infantiles, pérdida de seres queridos, dificultades académicas, déficits en la neurotransmisión, enfermedades, bullying o mobbing, divorcio, desempleo, consumo de drogas, etc…».

Signos de alerta e intervención del entorno

La depresión altera la vida diaria de las personas que la sufren, con importantes efectos como «desatender la rutina del día a día, irritabilidad, problemas de sueño y alimentación, sentimientos de culpabilidad, aislamiento» y, en los casos más graves, «pensamientos relacionados con el suicidio».

Por este motivo, es vital intervenir y ayudar a estas personas. En muchas ocasiones, será la propia persona con discapacidad quien pida ayuda, «siempre y cuando tenga conciencia del problema», pero en otros casos su entorno deberá estar atento a distintos signos de alerta que hagan sospechar de la presencia de un trastorno depresivo. Lozano enumera algunos de ellos:

  • Comunicación enlentecida
  • Rasgos faciales inusuales que reflejan apatía
  • Pérdida o ganancia de peso
  • Reducción de propuesta de planes y de la actividad general
  • Verbalizaciones sobre pérdida de interés en la vida 

No obstante, el psicólogo subraya: «Debemos ser conscientes de que algunos de estos síntomas pueden estar relacionados con la propia discapacidad y, en caso de duda, lo recomendable es consultar con un profesional especializado».

Tras identificar alguno o varios de estos signos de alerta, Lozano aconseja al entorno valorar en qué grado afecta el problema tanto a su vida como a la de los demás: «Es una labor compleja, ya que no contamos con un ‘termómetro de la depresión’, simplemente con algunas claves». En caso de identificar cierto riesgo, recomienda «acercarnos al afectado y brindarle apoyo y escucha activa, validar y empatizar con su estado afectivo, evitando dar consejos si no nos los pide» y, si la situación es grave y el acompañamiento no es suficiente, «invitarle a que sea él mismo quien recurra a ayuda, mostrándole nuestro apoyo a lo largo de este proceso».

Ayuda profesional, pero también social

En depresiones graves, es el psiquiatra quien interviene ya que, además de psicoterapia, puede ser necesario prescribir medicación. Sin embargo, en las catalogadas como ‘leves’ o ‘moderadas’, es un psicólogo quien se encarga del tratamiento del trastorno depresivo. En la actualidad, explica Lozano, la terapia que cuenta con un mayor aval científico está basada en la ‘activación conductual’: «Consiste en el restablecimiento del sentido vital y la puesta en marcha de la actividad perdida durante el proceso depresivo, siguiendo la máxima de: ‘No esperar a estar bien para empezar a hacer cosas, sino al contrario. Empezar a hacer cosas para llegar a estar bien». 

Además, existen distintos mecanismos que ayudan a la persona con discapacidad a superar la depresión y que el profesional trabaja también desde terapia:

  • Marcarse objetivos congruentes con los valores y propósitos: dará sentido a su día a día
  • Incluir actividades que aporten una pizca de bienestar: ayudará a mejorar el estado de ánimo
  • Establecer una rutina estable: facilita el compromiso con la actividad
  • Manejar los ‘estilos de pensamiento’, a través de un análisis crítico del lenguaje y buscando la practicidad del autodiálogo
  • Fortalecer la red social
  • Hacer uso de los recursos sociales en caso necesario
  • Apoyarse en los demás y compartir sus estados emocionales, siempre de forma moderada

La familia, los amigos y el entorno más cercano también podrán colaborar para que la persona con discapacidad supere lo antes posible los síntomas depresivos. No obstante, asegura Lozano, es vital la intervención de toda la sociedad para que esta patología se ‘cure’: «Es necesaria una sociedad sana en valores, el apoyo de las instituciones y del sistema de salud, la existencia de fundaciones y asociaciones en materia de salud mental, la inclusión en el sistema laboral y un seguimiento individualizado y multidisciplinar de los afectados. Una sociedad unida es el mejor factor de protección ante cualquier tipo de psicopatología».

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