Por Miguel Ángel Millán*
* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad y asesor en tecnología adaptada.
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Diciembre suele llegar cargado de expectativas ajenas. Luces encendidas, mesas llenas, risas familiares, abrazos sinceros y la promesa implícita de que todo estará bien. Las películas, la publicidad y hasta las conversaciones cotidianas nos venden una idea muy clara de cómo “debería” sentirse esta época. El problema aparece cuando la vida real no encaja con ese guion y, en lugar de paz y alegría, lo que se experimenta es una sensación incómoda de desajuste, de estar fuera de lugar incluso en fechas que se supone deberían unirnos.
¿Qué pasa cuando no se cuenta con una familia integral como la que aparece en las escenas navideñas? Cuando no hay una mesa larga ni una fotografía que retrate unidad, sino silencios, distancias o historias rotas que no se resolvieron con el paso del tiempo. Entonces la Navidad deja de ser un punto de encuentro y se convierte en un recordatorio de lo que no fue, de lo que faltó, de lo que nunca se construyó. No siempre hay villancicos, a veces solo hay una casa en silencio y pensamientos que hacen más ruido que cualquier celebración.
¿Qué sucede cuando no se cuenta con una fe que ofrezca consuelo o la ilusión de que todo mejorará solo por creerlo? Para muchas personas, la fe es un refugio; para otras, simplemente ya no está presente. Y en estas fechas, donde los mensajes religiosos abundan, la ausencia de un Dios puede sentirse como un abandono más. No hay promesas divinas que se sostengan, ni explicaciones que alivien, solo la realidad cruda de lo que se ve y de lo que se vive.
Las fiestas decembrinas también suelen estar impregnadas de recuerdos. No siempre buenos. Hay Navidades marcadas por pérdidas, despedidas, discusiones irreparables o momentos que dejaron cicatrices. El calendario avanza, pero la memoria no siempre lo acompaña. Una canción, una fecha o un olor pueden devolvernos a un instante doloroso y recordarnos que no todos los años fueron felices, ni todas las celebraciones lo fueron realmente.
Y luego están las ausencias. Las personas que ya no están, las que se fueron, las que se alejaron o las que nunca llegaron a ocupar el lugar que se esperaba. Cuando hacen falta personas, no solo falta compañía: se instala un hueco interno difícil de explicar. Un vacío que no se llena con comida, brindis o fuegos artificiales. Un vacío que se nota más cuando todos parecen estar acompañados y uno se siente, incluso rodeado de gente, profundamente solo.
¿Qué pasa cuando hace falta con quién hablar, con quién convivir y con quién festejar? Cuando no hay invitaciones que lleguen, ni mensajes que leer, ni alguien que brinde un abrazo sincero. En esos momentos, las fiestas pueden sentirse como una obligación incómoda, como una puesta en escena en la que no se tiene papel asignado. Y duele, porque nadie habla de esta parte de diciembre, pero existe y es más común de lo que se piensa.
Tal vez el error está en creer que estas fechas deben vivirse de una sola manera. Que hay una forma correcta de celebrar y que quien no lo hace así está fallando. La realidad es que diciembre no es mágico por sí mismo, y no tiene el poder de borrar lo que duele ni de reparar lo que se rompió. Pero sí puede ser un punto de pausa, un espacio para mirar hacia adentro y reconocer lo vivido sin vendas ni expectativas ajenas.
En mi opinión, lo que hay que celebrar es la oportunidad de comenzar de nuevo, de intentar ser mejor persona de lo que fuimos; de construir nuevas y mejores relaciones sociales y familiares y edificar sobre los escombros una nueva realidad, aunque no se parezca a ninguna película navideña, pero sí sea honesta y propia.