De la discapacidad y la depresión…

Por Francisca Meza Carranza* 

*Francisca Meza es comunicóloga, reportera con discapacidad y fundadora de Plan B Guerrero.

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Hay una línea muy delgada entre discapacidad y depresión. Poco visible, o poco comprendida.

Cuando se utilizan ambos términos, de inmediato se piensa en la depresión que puede surgir a causa de una discapacidad, sin embargo, casi nadie piensa al revés: la depresión como discapacidad. Hoy es 13 de enero, Día Mundial de la Lucha contra la Depresión.

En pleno 2026 hablar de depresión no resulta relevante para el grueso de las familias en México, en donde sentirse mal es tomado como una debilidad y, peor aún, existe enjuiciamiento por no querer levantarte de la cama porque simplemente no hay ganas y/o el cuerpo no te responde.

La ligereza con la que ahora se dice estar deprimido o «depre» le ha restado importancia a la gravedad de una depresión, catalogada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como un trastorno, cuando el mismo organismo la considera como una causa importante de discapacidad e incluso de suicidios.

En una persona con discapacidad visible el riesgo de caer en un cuadro depresivo es latente y una constante contra la que se lucha, porque significa hundirse. En mi caso, digo que no me puedo dar ese lujo, porque me debilita y podría llevarme a ya no estar, aunque como parte dé, a veces dan ganas.

De ahí que se debe tener cuidado con la salud mental, lo óptimo sería atención psicológica u otro tipo de terapias, pero la falta de oportunidades laborales, el bajo ingreso económico y los gastos de una persona con discapacidad y su familia, además del paupérrimo servicio en comunidades —donde a veces la prioridad es comer— complican ese punto.

A lo largo de seis años con una discapacidad adquirida he aprendido que las personas no dicen las cosas, en ese contexto, en un afán de molestar, pero el “échale ganas», “ponte las pilas” o un “no estés triste” no tienen el efecto que creen que tienen.

El tema de la depresión en discapacidades no visibles o la depresión por sí sola es aún más difícil de llevar por el estigma social que persiste y, peor aún, hacia las personas que utilizan medicamentos como parte de su lucha por tener una mejor calidad de vida o de encajar en la nefasta «normalidad» impuesta socialmente.

La propia falta de entendimiento, incluso al interior de la familia, es en sí deprimente. Una persona medicada para poder nivelar los químicos en su cerebro que la hagan sentir mejor son señalados y juzgados sin darle pie a explicarlo, aunque no tendrían que hacerlo.

Si ir acudir a terapias o a un psicólogo es visto como algo para “locos”, mencionar a un psiquiatra es ir ante la Inquisición.

Hay cuadros depresivos que no ceden con voluntad, requieren antidepresivos. No todas las depresiones son a causa de eventos dolorosos o traumáticos, algunas se deben a desniveles en la química cerebral e incluso a factores genéticos.

Hay depresiones que no dejan salir de la cama, comer o bañarte. No hay ganas de trabajar o ir a la escuela, pero a veces se logra hacer porque no queda de otra, porque hay incredulidad e incluso burlas.

Que los días marcados en los calendarios sirvan para tener una sociedad más consciente de los problemas, con más empatía y solidaridad. La depresión es real, sí existe y va en aumento al ritmo actual de la sociedad. Pongamos atención en nuestro entorno, porque muchas veces la depresión sonríe, se toma selfies, sale de paseo y bromea, especialmente en niños y jóvenes, para ayudarles a tener una mejor salud mental y calidad de vida.

La depresión existe y duele, no solo a quien la vive, sino también a quien está al lado… 

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