Del Día Internacional de la Silla de Ruedas… y mi silla

Por Francisca Meza Carranza* 

*Francisca Meza es comunicóloga, reportera con discapacidad y fundadora de Plan B Guerrero.

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Mi primera silla de ruedas llegó una vez que estuve en casa luego de un par de meses en hospitales, era de esas clásicas ortopédicas, con descansabrazos y sin cojín para evitar las espantosas úlceras por presión. En ese momento fue una bendición, porque significaba poder salir del encierro de mi cuarto, además de facilitar (un poco) el trabajo que representaba mi falta de movilidad para la familia.

Cuando esa silla llegó, gracias a la intervención de mi entonces jefe Ricardo, le pusimos calcomanías, de música y personajes favoritos. Hacía más amable la presencia incómoda de ese artefacto, que hacía evidente la realidad: ¡había una persona con discapacidad en casa!

Gracias a ella empecé a salir de nuevo, cuando se pudo, porque estábamos en plena pandemia por Covid-19. Desde el patio de la casa de mi mamá, a desayunar por el zócalo de Acapulco y hasta ver la puesta del sol en Pie de la Cuesta. Una de las ventajas de ese modelo es que son plegables.

En ese lapso la mamá de una amiga, la señora Palmi, me ofreció regalarme una silla eléctrica, siempre pensando en mi comodidad. Rechacé esa gran oferta, y le dije que mejor se la cambiaba por una modelo activa. Yo quería aprender a usarla como parte del proceso para recuperar mi independencia y por el costo no podría comprarla.

El fisioterapeuta que me atendía en esa época no estaba de acuerdo porque, decía, no tenía que acostumbrarme a usar una silla de ruedas. Pretendía minar mis ganas con el argumento de que no tenía la capacidad para usar una de esas, por mi falta de fuerza, control de tronco y falta de movilidad en las manos, lo que me llevaría a caerme y lastimarme. Obvio no le hice caso.

Así llegó mi actual silla. No soy experta manejando, he aprendido un poco aún con la falta de movilidad en mis manos, sumado a unos espasmos musculares que de repente me dejan tiesa y, por supuesto, la falta de entrenamiento continuo.

Al cambiar de ciudad y de fisioterapeuta mi panorama al respecto se amplió. Mi actual terapeuta, Gabo, tiene el mismo ímpetu que yo y al ver que tenía una silla activa me puso a darle. Vueltas y vueltas al CRIG, con polainas en las muñecas, en las rampas y el circuito que está al centro con distintas texturas de camino, con el tiempo limitado que los horarios de terapias nos permitían. Nunca dudó, ni ha dudado, de mí.

También conocí a Gerardo, el instructor de Vida Independiente en Guerrero, del que he aprendido mucho y quien me ha apoyado también con refacciones, así como a un grupo de usuarias y usuarios que admiro mucho. Ellos dicen que “no caerse de la silla es como no haber tenido infancia”.

He tenido otro par de sillas. Una muy significativa que me regaló Jesús tras la muerte de su papá, don Chava, y otra que me dio el CRIG. Algunas las he donado también o prestado, a quienes, como yo, las necesitan. Con todas tengo muchos recuerdos, mis segundas primeras veces.

Paradójicamente estar en silla de ruedas por la falta de movilidad te da movilidad. Es una herramienta de apoyo que te ayuda a tener independencia y hacer cosas que creíste que ya no ibas a hacer.

Sin embargo no todo es color de rosa. Las sillas de ruedas activas no son plegables y dificultan su transportación. En algunos casos son más anchas y no caben en cualquier puerta e incluso rampas o accesos “accesibles”, se ponchan y los aros de empuje manchan las manos, así que eso oscuro en las manos de un usuario de silla de ruedas no es mugre.

Como dice la Organización Mundial de la Salud (OMS) la discapacidad surge con la interacción social y las barreras físicas. Salir a la calle significa lidiar con la falta de infraestructura, la suciedad en las calles, la falta de empatía de transportistas y, lo peor, las miradas juzgonas, como si fueras un bicho raro que no puede ocupar los espacios de las personas “normales”.

Algo que no puedo dejar pasar es recomendarles que antes de intentar ayudar y empujar a una persona en silla de ruedas le pregunten si lo necesita o si está listo. Muchas personas que intentan impulsarnos, lo cual se agradece, nos pueden lastimar. Lo digo por experiencia, por dolores físicos que requieren cuidado, y porque tenemos las manos en las ruedas. A mí me han lastimado mis manitas o los dedos.

Tampoco, por favor, agarren a una persona en silla de ruedas como un juguete ante la falta de poder liberarnos de su impulso. No somos un carro de carreras, no queremos que nos den vueltas o que nos muevan sin cesar en una pista de baile ante decenas de personas. Eso no es incluirnos, es ridiculizarnos, y más si el que lo hace se carcajea o le hace gracia y el usuario dice que pare.

Este Día Internacional de la Silla de Ruedas agradezco tener una. Es una compañera. Me ha permitido salir, ir a la playa, al cine, a protestas, a trabajar, a conciertos, a fiestas y bailar, y me permite gozar de independencia y seguir intentándolo. Hasta es buena modelo para las fotos.

También agradezco a esas personas amables que uno se encuentra en los caminos, dispuestos a ayudarnos; también a mis cercanos que no les da miedo ni pena salir conmigo, y hacen corajes conmigo al darse cuenta a lo que nos enfrentamos.

Tengo aún mucho que aprender de la silla, muchos retos y muchos caminos que recorrer. La exigencia es para las autoridades: que arreglen esos caminos que nos llevan a la inclusión, a que trabajen en la infraestructura que nos dé más libertades; que revisen y sancionen a quienes obstruyen las pocas que existen y, sobre todo, que haya transporte público adaptado.

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