El abandono no es solo que una familia no vaya por ti; es también un sistema que permite que las personas con discapacidad sean tratadas como si fueran objetos que se pueden guardar en un cajón.
Por Miguel Ángel Millán*
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El recuerdo de la oscuridad no siempre tiene que ver con la falta de luz, sino con ese miedo de no saber hacia dónde caminar cuando la vida cambia de repente. En el año 2003, justo después de perder la vista, me quedé atrapado en un momento donde el tiempo parecía no avanzar. Me acuerdo perfectamente de estar acostado en mi cama, esperando que ocurriera un milagro y mis ojos volvieran a ver como antes. Pero las ganas de hacer algo más que solo esperar me llevaron a buscar ayuda.
Gracias al apoyo de mis padres, llegué al Centro de Atención Múltiple 63W en Costa Azul, en Acapulco. En ese entonces, el lugar se dedicaba solo a personas con discapacidad visual y, para mí, entrar ahí fue como descubrir un mundo nuevo que no sabía que existía. Fue el comienzo de mi nueva vida.
Esa etapa de rehabilitación fue dura, pero también la recuerdo con mucho cariño. Por un lado, me costaba aceptar mi nueva realidad, pero por otro, sentía una alegría enorme cada vez que lograba hacer algo por mi cuenta. Aprendí a leer y escribir en el sistema Braille y a usar el bastón para caminar por la calle. Pero lo que más me sorprendió fue darme cuenta de que podía ser independiente. Cosas tan sencillas como lavar los trastes, barrer o trapear mi cuarto se convirtieron en grandes logros.
Aprender a valerme por mí mismo usando mis otros sentidos me devolvió la confianza. Además, conocer a otros jóvenes que pasaban por lo mismo que yo me ayudó a entender que no estaba solo en esta batalla. Tener amigos que percibían el mundo a través de sonidos y texturas hizo que todo fuera más fácil de llevar.
Aunque mi casa se encontraba dentro de la ciudad, decidí quedarme a dormir en la escuela de lunes a viernes porque quería aprender lo más posible. Sin embargo, al vivir ahí, empecé a ver una realidad muy triste que iba más allá de la ceguera.
Muchos de mis compañeros venían de lugares muy lejanos de Guerrero y, para poder rehabilitarse, no tenían otra opción más que quedarse en el internado todo el año. Solo podían volver con sus familias en vacaciones de Semana Santa, verano o Navidad. Pero lo que más me partía el corazón era ver que, cuando llegaban esas fechas tan especiales, las familias de algunos compañeros simplemente no aparecían. Se quedaban esperando una visita o una llamada que nunca llegaba.
Ver esa espera inútil generaba una tristeza profunda que nadie debería sentir jamás. Esa experiencia que viví en carne propia coincide con algo muy serio que está pasando hoy en todo el país. Hace poco, en abril de 2026, la ONU publicó una Investigación Especial sobre el abandono de personas con discapacidad en instituciones de México.
El informe es muy claro y doloroso: muestra cómo miles de personas son dejadas en centros de atención donde el cuidado se convierte en olvido. Muchas veces, estas personas quedan invisibles para la sociedad y para sus propias familias. En mis tiempos en el CAM, aunque la escuela nos ayudaba a crecer, también me tocó ver que el trato no siempre era el más cariñoso o adecuado, algo que el estudio de la ONU confirma ahora como un problema que se repite en muchísimos lugares de México.
El abandono no es solo que una familia no vaya por ti; es también un sistema que permite que las personas con discapacidad sean tratadas como si fueran objetos que se pueden guardar en un cajón. Es increíble pensar que alguien pueda olvidar a un hijo o a un hermano solo porque no puede ver o caminar, pero es más triste saber que esto ocurre todos los días. La investigación de la ONU de abril de 2026 nos dice que esta situación es mucho más común de lo que pensamos y que casi nadie habla de ello. Parece que es un secreto que todos prefieren ignorar para no sentirse mal, mientras las cosas siguen exactamente igual.
Tenemos que dejar de ver a las instituciones como lugares para esconder a la gente y empezar a verlas como espacios para que todos puedan participar en la sociedad. Tener una discapacidad no debería ser una razón para vivir en soledad para siempre. El abandono sigue presente en muchos pasillos de nuestro país, y no podemos permitir que más vidas se pierdan en el olvido. Necesitamos leyes y acciones reales para que todos, sin importar nuestra condición, tengamos un hogar y una familia que nos espere al final del día.
* Miguel Ángel Millán es interventor educativo con discapacidad y asesor en tecnología adaptada.